Cómo la TV viraliza el conflicto y golpea la salud mental
Los realities no solo entretienen: también modelan conductas, fijan estereotipos y, en algunos casos, dejan secuelas emocionales. Lo que comenzó como un experimento televisivo se ha convertido en una maquinaria perfectamente aceitada que explota el conflicto, la intimidad y el morbo para mantener a la audiencia pegada a la pantalla. El fenómeno no es nuevo, pero sí más intenso y sofisticado que nunca.

El estudio de Elena Neira, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC e investigadora del grupo GAME y Aleix Comas, profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, analizan este fenómeno; por ejemplo, que el cierre de la novena temporada de La Isla de las Tentaciones, con cerca de 1,3 millones de espectadores, confirma que el formato sigue funcionando.
Las historias de rupturas, infidelidades y reconciliaciones —como las protagonizadas por parejas mediáticas del programa— se consumen con la misma avidez que hace dos décadas se seguía el encierro de desconocidos en Gran Hermano. La diferencia es que hoy la competencia por la atención obliga a empujar los límites: escenas más explícitas, conflictos más extremos y giros narrativos diseñados para provocar reacción inmediata.
Especialistas en comunicación advierten que estos formatos no son improvisados. Detrás hay una arquitectura emocional precisa. El uso del cliffhanger, por ejemplo, corta la narración en el punto de mayor tensión para obligar al espectador a regresar. La anticipación de escenas futuras funciona como señuelo, mientras que la edición selecciona los momentos más explosivos. Son mecanismos comparables a los refuerzos intermitentes de las máquinas tragamonedas: pequeñas dosis de recompensa emocional que mantienen el interés.
El morbo y el voyerismo juegan un papel central. La promesa de observar la intimidad de personas “reales” —no actores— en situaciones límite despierta una curiosidad difícil de resistir. El espectador siente que accede a un espacio privado que normalmente estaría vedado. Esa sensación de acceso exclusivo alimenta la fidelidad al programa.
A ello se suma la comparativa social. Muchos jóvenes se identifican con los concursantes por experiencias similares: celos, traiciones o rupturas. Observar cómo otros gestionan esos conflictos puede interpretarse como aprendizaje emocional. El problema, advierten los expertos, es que lo que se muestra rara vez representa relaciones sanas. La selección de perfiles y escenas privilegia comportamientos extremos porque generan más audiencia.
Con el tiempo, esta exposición puede distorsionar la percepción de las relaciones. Los conflictos intensos se presentan como inevitables, y las respuestas agresivas o evasivas se normalizan. Para un público que en muchos casos se encuentra en etapas formativas —entre los 18 y 34 años— estos modelos pueden convertirse en referentes equivocados. La constante comparación con los participantes también puede erosionar la autoestima, alimentar inseguridades y generar insatisfacción con la propia vida.
Diversos estudios señalan efectos concretos. Un informe de la Mental Health Foundation del Reino Unido, elaborado con YouGov, reveló que casi uno de cada cuatro jóvenes entre 18 y 24 años siente preocupación por su imagen corporal tras consumir reality shows. La exposición a cuerpos idealizados, cirugías estéticas y estándares irreales contribuye a una presión silenciosa que se filtra en la vida cotidiana.
Pero las consecuencias no recaen solo en la audiencia. Los concursantes también pagan un precio. El aislamiento del entorno habitual, la convivencia intensiva y la presión de las cámaras alteran la conducta. En ese contexto artificial, muchos actúan de formas que no reconocerían fuera del programa. Luego llega el regreso a la vida real, un proceso que puede implicar duelo emocional, pérdida de identidad mediática y dificultades para retomar la rutina.
El impacto se intensifica cuando el programa se emite y el participante se enfrenta al juicio público. La audiencia reacciona ante un personaje construido en la sala de edición, no ante la persona real. Comentarios en redes, críticas y burlas pueden desencadenar ansiedad, depresión y sensación de aislamiento, especialmente cuando la fama efímera se desvanece y el foco mediático se traslada al siguiente fenómeno viral.
En la era digital, los realities no terminan en la pantalla. Las redes sociales amplifican cada escena y convierten momentos dramáticos en memes virales. Frases, gestos o reacciones se transforman en lenguaje común, utilizados por marcas, clubes deportivos y comunidades en línea. Estos memes funcionan como termómetro de popularidad y como herramienta de socialización: conocerlos permite integrarse en la conversación colectiva.
Esa conversación genera presión grupal. Cuando todos comentan el programa, no verlo implica quedar fuera del diálogo social. El reality deja de ser solo entretenimiento para convertirse en un ritual compartido, un punto de encuentro que refuerza la pertenencia al grupo.
El éxito de estos formatos demuestra su eficacia narrativa, pero también obliga a reflexionar sobre sus efectos. Entre el entretenimiento y la explotación emocional hay una línea cada vez más difusa. Comprender cómo operan estos mecanismos es el primer paso para consumirlos con mirada crítica, sin olvidar que detrás del espectáculo hay personas reales y, en muchos casos, consecuencias que no se ven en pantalla.
